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Cruz y Peña de Ambite

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En las tierras de Ambite, donde los paisajes se pintan con el pincel de lo cotidiano y lo legendario, se teje una historia que ha marcado el espíritu del lugar. La leyenda nos lleva a un día claro, cuando un caballero recorría estos parajes. El cielo, antes azul e infinito, comenzó a cubrirse de nubes oscuras, preludiando de una tormenta inminente.

Con urgencia, el caballero espoleó a su caballo, buscando un refugio contra el cielo que amenazaba con desgarrarse. Un rayo fulgurante cortó el aire causando el pánico en su jamelgo que se dirigió desbocado hacia un barranco. Pero en el límite del abismo, en un último esfuerzo, su caballo clavó su pata en la roca, dejando allí grabada la huella de su herradura.

 

Sobrecogido por el milagro, el caballero, con el corazón aún palpitante, exclamó agradecido: “¡Válgame la Cruz de Ambite!”. Bajó de su montura y, con ramas encontradas al borde del camino, erigió una cruz en aquel lugar exacto, un simple altar de agradecimiento al cielo por su salvación.

Corrió luego al pueblo y ante sus vecinos reunidos, contó la increíble experiencia y rezó a la Virgen. Prometió, movido por la emoción del momento, realizar un peregrinaje a Tierra Santa para obtener un trozo de la verdadera Cruz de Cristo. Años más tarde, cumplió su voto y la reliquia obtenida se expone hoy cada 3 de mayo, durante la festividad de la Santísima Cruz, como testimonio del poder de la fe y del milagro que se vivió aquel día en Ambite.

Así, la Cruz de la Peña de Ambite que puedes hoy conocer, entreteje un relato de fe, promesas y milagros, donde cada piedra y cada rama parecen susurrar historias de aquellos que, antes que nosotros, anduvieron por estos mismos senderos.

Historia del Tren del Tajuña

El 30 de julio de 1886 se inauguró la línea de vía estrecha que enlazaba Madrid con Arganda del Rey y otras localidades de la zona, con un servicio mixto de pasajeros y mercancías. Este trazado, que acabaría conformándose como el ferrocarril del Tajuña, desde bien pronto se hizo muy popular entre la población de la zona.

En 1901 el ferrocarril llegó a Morata de Tajuña, ampliándose paulatinamente la variedad de mercancías transportadas. La línea continuó su expansión hasta Colmenar de Oreja en 1903 y Orusco en el año 1910, pero en dos ramales independientes que se separaron poco después de la estación de Morata. El ramal Morata-Colmenar no volvería a crecer. La provincia de Guadalajara estaba ya a poca distancia de Orusco y las infinitas posibilidades del ferrocarril invitaban a planificar nuevos destinos, con un ambicioso plan para llegar hasta Aragón.

Pero tras la Guerra Civil el transporte por carretera empezó a resultar más rápido y económico, lo que supuso declive del proyecto y del servicio ferroviario a partir de la década de 1950, si bien un tramo se mantuvo en servicio hasta su clausura en 1997.

La vocación de este tren fue claramente agrícola. Transportaba los productos hortofrutícolas de la vega del Tajuña y también abastecía a l capital de azúcar, gracias a la fábrica situada en la Poveda, próxima a Arganda. El tren del Tajuña se ha conocido popularmente como “El tren de Arganda, que pita más que anda”. Sin embargo, los habitantes de la Vega, lo conocían por el nombre del “Rompecepas”, por la facilidad de los viajeros para bajar a coger uvas de las viñas y volver a subir al tren en marcha, por lo despacio que iba.

La historia del Tren del Tajuña se erige como un testimonio de una época pasada, un símbolo de progreso y declive que, aunque ya no corre por los rieles que antaño atravesaron el valle, sigue vivo en la memoria de quienes lo vieron pasar.

 

Formación geológica con una pequeña cruz de piedra en su cima, famosa por la leyenda del "Caballero de Ambite"

Logotipos Financiado por la Unión Europea NextGeneration, Ministerio de industria y turismo, Plan de Recuperación, Transformación y Resilencia, Comunidad de Madrid, Aracove y Madrid Rural

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